lunes, 15 de julio de 2013

Invierano.

Suelo ser la chica que llega el verano y no sale del agua del mar, que duerme hasta la hora de comer porque le encanta llegar lo más tarde posible a casa y salir de fiesta. Pero este sábado, que yo salía con más ganas de salir que normalmente no me lo pasé bien. Para colmo el día anterior me había emocionado con un chico, como siempre que pasa cuando alguno que se cruza conmigo me sonríe en vez de insultarme. Entonces llegué a casa más temprano de lo que podía haber llegado y me puse a ver la televisión, cosa muy contraria a la habitual, que suele ser tumbarme en la cama aún con algún efecto de alguna droga. Oponiéndose a mis expectativas al día siguiente amaneció nublado, y, pese al calor que hacía, parecía otoño. Eso aumentó mis ganas de tumbarme en cama y no salir nunca, de comer dulces y de leerme un libro; cosas que me suelen pasar en otoño o invierno, y muy raramente. Entonces no salí de casa durante los dos días siguientes, pese a tener un plan que en ocasiones comunes no hubiera rechazado, un DJ famoso venía cerca de donde vivía, iba a ir mucha gente y lo pasaríamos bien. No lograba comprender qué me pasaba. Es decir, no tenía ganas de ir a la playa, ni de salir, ni de ver a mis amigas (o al menos no a todas), ni siquiera me apetecía fumar que era lo más raro de todo. No tenía ganas de verano, quería estar agobiada por los exámenes y poder salir de la biblioteca a fumarme un cigarro, quería tomarme un chocolate caliente y un gofre, quería poder ver llover desde la ventana, ponerme sudaderas, ver películas mientras oía la tormenta fuera, taparme con mil mantas... Pero lo que más deseaba era tener a alguien. Era lo único que faltaba en mis planes. Quería a alguien que mereciese la pena, me sentía vacía del todo, como si alguien de la noche a la mañana decidiera sacarme todo lo de dentro. No tenía ánimo de nada, ni siquiera de dibujar, que tener tiempo libre era lo que más anhelaba durante el curso para poder hacerlo escuchando música. Tampoco escuchaba música, y eso es algo muy extraño en mí, pero lo más extraño es que si me dieran a escoger un estilo de música para mi estado de ánimo no sabría cuál escoger, y eso es raro teniendo en cuenta que me gustan muchos y los cambio según mi humor. Esta vez lo único que sabía era que necesitaba a alguien que completara todo lo que a mí me faltara, pero no con los mismos complejos de los tíos frikis con los que solía salir. Con ellos era una mera cuestión de sexo, y ni eso. No había química, ni atracción, ni nada. Era el simple echo de besar unos labios tan asquerosos como los míos, porque nunca me pude merecer más. Lo peor de todo es que sabía cómo hacer que todo eso cambiara, pero prefería reprimirme y quejarme, seguir llorando con pelis absurdas de amores utópicos que solo existen en ellas. A parte solucionar el problema era como atacar a mis propios principios, pues sabía que si nadie me quería tal y como era ahora, si me quisieran después sería por mi aspecto, y es todo lo contrario a lo que quería, quería que me quisieran por el mero hecho de ser como soy, por mi personalidad, aunque al fin y al cabo yo valorara mucho el aspecto de ese alguien que se suponía que me tenía que querer. Tenía la cabeza hecha un lío.